El enigma de la vulva
Siguen mis ojos la suave loma de piel que yergue la sínfisis púbica bloqueada por la inoportuna presencia del pantalón; monte de Venus o cima inasible posada en lo alto de las piernas y restringida al contacto que prolifera en las calles atestadas de gente.
Observo luego el volumen redondeado de los mulos que se aprietan dentro del jeans, curvándose hacia delante y por detrás, donde enhiesto asoma el gluteo en un firme contoneo que crece y se eleva hasta desaparecer en la zona lumbar...
Los mulos, como dos columnas tumefactas o fornidas ancas de avestruz que en lo alto delinean la región que se abulta y se pliega hacia dentro de la pelvis, poco más abajo del cierre por donde se deja ver la forma de la vulva apretada por el tiro insuficiente del pantalón...
Silueta abultada del sexo oculta bajo la alta cumbre de las piernas y que a escasos centímetros de mi cara observo de reojo, mientras voy sentado en el pavoneo y estreches de una micro, casi a punto de olerla o tocarla con la punta de mi nariz si tan sólo decidiera cambiar la posición en la que voy sentado para quedar de frente...
Una delgada capa de género que nos separa y cubre de la vista, restringiéndonos del roce desnudo con que me toca el hombro y se frota según los movimientos que sacuden el andar de las ruedas...
Fuera de las ventanas otras tantas que en la distancia aparecen desfilando ajustadas dentro del jeans o la calza, entrando y saliendo de centros comerciales, peluquerías, edificios, bares, autos, escaleras, restoranes, piezas, ascensores, hoteles o habitación de mala muerte donde seguramente la palma de alguno se encorvará para seguir la forma curva que se adentra...
Por el frío gris de la calle caminando hacia algún lugar de la ciudad para ser desprendida de la ropa, como un velcro que se soltará de la invisible región del perineo y que caerá destapando los pliegues que se forman entre los muslos por donde la piel se hace vulva, y el calzón muestra la marca dejada en los contornos después de tantas horas de presidio.
Qué circunstancia será la que finalmente consiga humedecerla y ajarla entre cuatro paredes, para luego, devolverla al sínico pudor que la cubrirá como a un pimpollo antes de salir a ser insinuada, otra vez, por el frío gris de la calle que se filtra entre desconocidos.